Puerto Rico, ¿sin luz?

Escribo, a la luz de las velas, como quizás hicieron nuestros abuelos, o ¿bisabuelos? (ahora no tengo clara la fecha en que se inventó la luz eléctrica, quizás porque- hasta este último año- la he dado como algo que tengo ‘por sentado’).

Escribo para mi hermana, comienzo a escribir una misiva para dirigirle a ella. Escribo porque siento este como un tiempo oportuno para ello, y escribo también, como una manera de aplacar mi ansiedad.

Mañana es lunes, 25 de septiembre de 2017 y por primera vez en mi vida, la excusa de ‘que no tengo gasolina’, se convierte en una válida para no ir a trabajar.

Creo que todos, todos por igual, aunque la sociedad nos clasifica en tanta categoría, que si ricos, que si pobres, que si de la clase media, que si blancos, negros, jóvenes, viejos, hombres o mujeres, todos hemos quedado en este tiempo en una especie de ‘shock’. Vivimos como en un letargo, en mi casa parece como si hubiese caído una bomba y aun cuando en medio de la tempestad movimos algunas cosas de sitio, todo parecía haber quedado en el mismo lugar donde estaba antes de que comenzaran los recios vientos del huracán María. No sé ni el día ni la hora en que vivo, hoy ni sé dónde dejé mi cartera.

Sin embargo, cuánta bendición he descubierto en este tiempo.

Descubrí que donde vivimos hay niños, muchos niños y se ven hermosos cuando salen a correr sus bicicletas o jugar y compartir juegos de mesa con sus vecinos. Mi sobrina hoy se dio cuenta de que tiene- cerca de casa de su abuela- muchos vecinitos que van a su misma escuela.

También hemos conocido de tres a cuatro vecinos más. Y, hemos conversado con otros a los que antes saludábamos simplemente de ‘buenos días’ o, ‘buenas noches’.

He visto de cerca y hasta ‘rozado’ necesidades que antes no tuve. Digo ‘rozado’, porque me pesaría decir que he experimentado la misma necesidad de aquellos que han perdido hasta su hogar. Que hoy no tienen techo. Mi sensación de necesidad no alcanza a entender lo que ellos han experimentado y, sin embargo, siendo esto algo tan nuevo para mí, siento el deseo de compartírtelo. Hace dos días hice una fila de tres horas a un lado del expreso para tomar algo de agua de un ‘chorrito’ natural. Una corriente que no cesa y que sale de una montaña, para mí, un recordatorio de la provisión de Dios…

(pauso para llorar y agradecer…)

En esta fila, sin ninguna seguridad, y en plena autopista, fui testigo del corazón de mi pueblo: hacía calor, pero nos compartíamos medios para darnos sombra. El que tenía señal del celular, lo prestaba para que otros pudieran comunicarse. En mi caso fueron dos ángeles, estacionadas en el paseo, quienes me prestaron su teléfono. Lloré mucho cuando escuché la voz de mi hermana, quien hacía como cinco días, no sabía de mí. En esta fila, vi solidaridad y ayuda, vi paciencia. Vi trabajo en equipo. Vi Kai Zen: Entre varios hicieron un embudo para agilizar el proceso de llenado de botellas. Vi a mi esposo colaborar con desconocidos para mutuamente servirse el preciado líquido.

Redescubrí la importancia de tantos pequeños detalles, de tantas bendiciones, que con frecuencia ignoro, entre ellas, el agua.

Doy gracias a Dios esta semana por cada sorbo de agua que puedo tomar.

En aquella fila vi la gracia y el humor de mi gente, reímos y por un rato olvidamos lo difícil que en un segundo se nos había vuelto la vida. He realizado en cuatro días más esfuerzo físico que en todo un año o más. He trabajado mano a mano con mi esposo en tareas que antes veía como ‘suyas’.

En este tiempo he visto el resurgir de rostros en los balcones…Cosa que no veía desde que vivían mis abuelos, hace cerca de 20 años.

He visto brigadas, que incluyen a todas las generaciones y sexos, abriendo camino. He tomado algún tiempo para jugar, cosa que por lo general, se me hace difícil. Hemos sacado juegos de mesa, aquellos que papi me enseñó a amar porque unen a la familia. Hoy jugué uno con mi suegra y mi sobrina y claro, mi suegra nos ganó. ¿A quién se le ocurre jugar un juego de palabras con una maestra de español? No importa si no tenemos acceso a www.rae.es o a www.google.com. Ella es la ‘google’ del idioma español.

Podemos verle el lado positivo a todo, aunque no todo ha sido color rosa, ha hecho mucho calor, mucho, he visto filas interminables de gente para obtener agua y gasolina. He sentido algo de hambre y también he sentido miedo. Lo cual también ha redundado en bendición porque he recurrido más a orar y a leer la Palabra de Dios. Dios me llevó no solo a los Salmos, que me recuerdan de su protección, sino también al libro de Eclesiastés que me ha recordado de lo fútil que a veces puede ser aquello en lo que ponemos nuestro enfoque y esfuerzo.

La noche de la tormenta, “María”, sentí que se me iba la vida; no he hablado con ni una sola persona, sobre todo aquellas que no temen expresar sus sentimientos, que no haya sentido un profundo temor esa noche y madrugada del 19 y 20 de septiembre.

El viento, furioso, en la radio, el único medio en pie, lo describieron perfectamente ‘como un tren’, parecía querer irrumpir en la casa. Yo había preparado una guarida en un closet, con algo de alimento, agua unas sábanas y la Biblia, esto para correr allí si el viento arreciaba y María se llevaba ‘de recuerdo’ alguna ventana.

Escribir… esta es mi pasión. Pero, con tanta distracción, a veces no dedico mucho tiempo para hacerlo. Hoy, lo retomo para compartir de manera superficial lo que han sido nuestros días durante y después del huracán María.

Recordemos queridos hermanos, que todos estamos a bordo del mismo barco, solo que cada uno en una habitación diferente, sigamos mostrando el espíritu de solidaridad y hospitalidad que nos caracteriza como puertorriqueños.

Dios nos bendiga.

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