La distancia: ¿Un nuevo lenguaje de amor?

 

Hoy, solo hoy, en este instante, solo en este instante, me siento como suspendida, como en una pausa, ¿una pausa que no busqué? no lo creo, la anhelaba, la deseaba. Antes de este cambio mundial, me sentía como cuando era niña e iba en una bicicleta, bajando una cuesta empinada y me quedaba sin frenos. Sabía que solo era cuestión de tiempo para que llegara un ‘aterrizaje’ forzoso y muy doloroso. Cada mañana como un robot, la misma rutina, los mismos pasos, la misma ruta, la misma congestión vehicular, sentía pena por mí y por los que hacían esta fila sin sentido cada mañana y cada tarde. Estar atorada en el tráfico por mucho tiempo puede ser perjudicial, para la salud física y mental. Se tiene mucho tiempo para pensar, en mi caso, la mayoría de los días los invertía escuchando algún libro, podcast,  o música que cantaba y hasta bailaba (sí,soy de esas locas en “el tapón”),  pero hubo días en que me preguntaba ¿qué hago aquí? ¿Qué hacemos aquí? ¿Esto es normal? ¿Para esto fui creada? ¿Qué estoy haciendo con los fragmentos de vida que tengo en las manos? y durante muchos días pensaba: ¿Cómo detengo esta locura, este sin sentido de estar sentada en una caja con ruedas por 3-4 horas cada día? Todo para llegar al lugar de trabajo, que si bien no es perfecto, se acerca mucho a lo que siento es mi propósito de vida: la educación, “acompañar a los jóvenes” leí hace poco como una misión espiritual, una que por cierto, me trae mucha felicidad. Y pues, deseé tanto “parar” que se me dio, no me detuve yo, sino circunstancias externas y totalmente fuera de mi control.

Pero como todo en la vida, hay dos caras en cada moneda y este ALTO, que tanto había deseado, viene acompañado de otros retos. El más significativo para mí, siendo el contacto físico mi lenguaje de amor, es estar tan distante y contemplar la posibilidad de que quizás al mundo que salgamos luego de este período de aislamiento no sea igual al que conocimos antes. En muchos sentidos, confío en que sea para bien, pero mucho me temo que habrá que reescribir algunos libros, sobre todos el del Dr. Chapman (Los Cinco Lenguajes del Amor), que tanto me gusta, para incluir el no acercarse y no tocar como un lenguaje de amor. Hay personas que ya hubiesen plasmado esto como el 6to lenguaje de amor hace mucho tiempo, pero para mí resulta impensable vivir en un mundo sin calor humano, en un mundo donde ahora el abrazo será la excepción y no la regla, un lugar donde antes de sostener la mano de quien llora, habrá que pedirle permiso. Antes de tocar el hombro para dar ánimo, habrá que considerar el  mantener las manos para uno mismo. Ahora se hace real aquella expresión que dice: “hay amores que matan”.

¿Será que ahora este lenguaje, antes tan común entre nosotros los latinos y más común aun para personas extrovertidas, sanguíneas, afectivas, expresivas y cariñosas como yo, posiblemente se irá haciendo obsoleto o muy exclusivo? ¿Estará reservado solo para aquellos por quienes daríamos la vida, si tuviésemos que hacerlo? A fin de cuentas, ¿No es eso mismo lo que está en juego con la cercanía en este tiempo? ¿La vida misma, la salud?

¿Abrazar o no abrazar? ¿Tocar o no tocar? ¿Acercarme o no? Estas son las nuevas preguntas…

Una parte, esa parte idealista y soñadora de mí lo que anhela es que, seamos extrovertidos o introvertidos, al salir del aislamiento seamos mejores personas, que aprendamos a cohabitar con otros seres de maneras amables, saludables, sostenibles, respetuosas y que, el habernos privado por todo este tiempo (y el que falta) del abrazo, lo convierta en algo indispensable cuando nos reencontremos.  Que el abrazo nos resulte como el agua, tan esencial, que no podamos vivir sin él. Que hacerlo un recurso escaso, lo convierta en un recurso valioso, imprescindible. Que el primer abrazo que demos cuando termine la pandemia sea fuerte, sentido, y genuino, Por ahora…envío un abrazo virtual, a quien me lea.

 

 

 

 

 

 

Manejo efectivo ¿del tiempo?

Les comparto hoy un muy breve escrito que hice basado en los cuadrantes de Stephen Covey, herramienta que se utiliza para “Time Management”:
Por años hemos escuchado el concepto de manejo de tiempo, la realidad sin embargo es que nosotros NO manejamos el  tiempo, si no que administramos/gestionamos prioridades. Un buen ejercicio para evaluar mis prioridades diarias es mirarlas utilizando esta herramienta, conocida como los cuadrantes de Covey (por su proponente, Stephen Covey). Esta herramienta (ver la primera imagen) me permite detenerme a mirar y evaluar mis tareas para determinar que % de mi tiempo dedico a tareas bajo cada categoría.
Ese es el primer paso. El segundo, luego de cobrar conciencia, es empezar a tomar decisiones, usando como guía estas palabras que contiene cada cuadrante (en la segunda imagen).
Imagen 1
Imagen 2
¿Qué es lo ideal?
Lo ideal es sentir que somos dueños (o al menos ¡accionistas mayoritarios!) de nuestra agenda. Esto lo hacemos cuando tomamos tiempo para planificar. Aspiramos a pasar la mayor parte de nuestro tiempo en el segundo cuadrante que es el que nos permite enfocarnos en lo que ya previamente habíamos definido en nuestro plan como IMPORTANTE (no urgente) y por lo general estas son tareas que apoyan el cumplimiento de nuestro plan estratégico y nuestros objetivos esenciales. Siempre habrá imprevistos, pero toda vez que mi norte está claro, estaré en una mejor posición para determinar cuáles pueden ir por encima de prioridades previamente establecidas y cuáles no.
Al principio todo esfuerzo que hacemos para detenernos “a observarnos” y evaluar en qué estamos invirtiendo (o, “malgastando”) el tiempo, nos parece trabajo adicional, pero a la larga, todo esto rinde frutos. Es como hacer ejercicios, al principio duele, pero luego, nos ayuda a garantizar una mayor salud y por ende, una mayor calidad de vida y productividad.
¡Te deseo una semana exitosa, donde puedas pasar la mayor parte del tiempo en el cuadrante II!

La Esperanza y el Tiempo


Siempre he tenido una lucha contra el tiempo. En ocasiones lo he sentido como un aliado, pero como regla general, lo percibo como un oponente. Vivo como decimos comúnmente, “contra el reloj”, siempre con prisa, siempre pensando en lo próximo, con la agenda amarrada como una alpargata a mis pies. 

Uno de esos días que percibo como más sosegados, sábado, me encontraba de paseo con parte de mi familia: Mi hermano mayor, su esposa, mi esposo y un buen amigo. 

El paseo, no planificado, cosa rara para mí, nos llevó hasta la costa de Naguabo.  Allí, nos esperaba ella. 
Llegamos a la playa y no podíamos pasar hasta donde queríamos porque “un perro” parecía no querer salirse del camino. Le dije a mi esposo: “deja el carro aquí, él no tiene la menor intención de moverse”. Dejamos el carro justo en frente de quien hasta entonces pensaba yo era un perro (¿nuestra mente patriarcal? ¿todo lo que vemos es masculino hasta que sabemos que no lo es?, bueno eso es harina de otro costal y tema de otra historia). 
Avanzamos, pero siempre mirando hacia atrás a donde estaba “el perrito”, una vez un perro o una perra, se adueñan de tu corazón, todos los que se le parecen, pasan a ser familia (si así pensáramos sobre nosotros mismos, los humanos, que fácil sería cohabitar, entendiendo que somos familia). 

Así pues, transcurrido un ratito y entre mirada y mirada, me percaté de que él no podía caminar y que, aun cuando nos movía su rabito, no se acercaba a nosotros a pesar de que lo llamábamos. Fue entonces cuando me di cuenta y me dije: “no puede caminar”. El corazón se me puso del tamaño de una pasa y en un segundo, lágrimas corrieron por mis mejillas sin que pudiera controlarlas. Como si llorar, descubrí entonces, fuese un acto totalmente involuntario. 

Mirando fijamente hacia donde estaba “el perrito”, le dije a mi esposo: “no podemos dejarlo aquí”.  En ese momento supe que este hombre, al que había escogido hace 9 años, era mi cómplice de vida, pues respondió: “y, ¿qué hacemos?”.  En ese momento, todo el tiempo se detuvo, se me olvidó completamente la hora, el día y hasta el lugar en el que estaba. 

Mientras mi hermano y su esposa, que se encontraban de visita en Puerto Rico, tomaban fotografías de la costa, utilizando un “drone”, nosotros empezamos a armar un plan para lo que creíamos era el rescate de quien luego supimos era una perrita, se habría girado de lado y vimos sus tetitas, aún hinchadas tras un parto. Digo que creíamos que era el rescate de ella, porque el rescate estábamos por enterarnos, era de nosotros mismos. De nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestro miedo, nuestra agenda. 

Nos acercamos a ella, quien tenía (y aún tiene) un tic nervioso que le hacía levantar un lado de la boca, lo cual nos intimidó porque pensábamos que nos estaba enseñando sus dientitos, muy afilados, por cierto. Pero algo me estaba raro, no gruñía, no hacía ningún otro ademán amenazante, y movía su rabo. Esto además de que enseñar parte de su barriguita, para nosotros significaba que quería nuestra cercanía y amistad. 

Ella estaba llena de arena, no fue hasta un tiempo después cuando la bañamos, que descubrimos que no era ella de color “sand”, sino “brindle”. Estaba delgadita y muy frágil. En una patita casi podíamos ver una parte de su hueso y en la cabeza tenía una herida. Nunca supimos qué o quién la produjo, el médico luego sugirió que pudo ser atropellada, pues cuando le hicieron radiografías se vio un hueso roto en su cadera, por lo que eventualmente, tuvo que ser intervenida quirúrgicamente. 

Cuando finalmente le comunicamos al resto del grupo nuestra intención, nadie puso ningún “pero” para poner manos a la obra. Esto me recuerda que cuando tu corazón está totalmente invertido en la visión que deseas alcanzar, tu equipo confía en ti y, se mueve a ayudarte. 

Comenzamos la misión durante la tarde, increíblemente, yo, la persona orientada al reloj y la agenda, no recuerdo la hora.  Solo recuerdo que cuando empezamos, el cielo estaba de color azul claro y cuando terminamos estaba totalmente oscuro. 

Hicimos varios intentos, detallarlos todos haría de este no un relato, sino un manual de rescate. De modo, que les cuento lo que finalmente funcionó. Nuestro amigo, a quién llamaré José, para proteger su identidad, estaba algo asustado, no sabíamos si ella nos mordería, porque estaba herida (e, igual que a veces pasa con nosotros, se puede herir cuando se está herido). José permanecía a cierta distancia del proceso, sin embargo, añadió mucho valor al mismo, fue quien literalmente nos “echó porras” y quien nos hizo reír y mantener las fuerzas durante el tiempo transcurrido en la tarea. También fue él quién nos dio la idea de utilizar una tablita -que estaba por allí tirada- como camilla para subirla en nuestro carro. 

Mi hermano fue y compró empanadillas (o pastelillos, depende de dónde te criaste en Puerto Rico, le dirás de una u otra manera) de carne y de pollo. Y pedazo a pedazo, la motivamos a dar muy pequeños pasos (KaiZen) hacía la tablita. La segunda parte de la misión era subirla como un elevador hasta la guagua sin que la jovencita intentase morder ninguna otra carne que no fuese la de comer. 

Logramos, luego de varios deslices, subirla. Quedó ella en la parte trasera de la guagua. Y todos nos subimos con una sensación de “misión cumplida”, sin saber que la misión no estaba cumplida, sino que apenas comenzaba. 

Lo primero que recuerdo fue que cuando subimos al carro, yo que tiendo a experimentar claustrofobia y no me subo en la parte trasera, lo olvidé completamente. Tiene razón esa Palabra que dice que “el perfecto amor echa fuera el temor”. Lo segundo que recuerdo fue que yo, que recientemente había renunciado a mi trabajo y estaba por lo tanto, de momento, sin ingreso, pensé: “¿y ahora? ¿Cómo pagaremos los gastos médicos?  De más está decir que fuimos ayudados y suplidos para toda necesidad de Hope desde el día de su rescate hasta el mismo día en que fuimos finalmente a sacarla del hospital veterinario. Otra lección aprendida: cuando tu proyecto está enmarcado en un amor verdaderamente desinteresado, los recursos aparecen. 

Luego de esto ha transcurrido más de un año, año en el que hemos descubierto que rescatar a Hope (esperanza) como la bautizó José, fue un auto-rescate. Ella me ha enseñado que lo importante no es el tiempo sino que, aquello que hacemos prioritario, define los bloques que construyen nuestra agenda. Me ha enseñado a derribar prejuicios, Hope es una Pitbull y es la más dulce, tierna y dócil de mis perrhijas. Hope Marina, le añadí un segundo nombre que me recuerda donde la conocí, ha cambiado mi vida para bien, ahora soy menos para mí y más para ella. Hopey, como le decimos de cariño, me ha enseñado que con muy poco se es feliz, y que mi vida debe ser un constante cántico de gratitud a quienes en el camino, me han rescatado a mí. Empiezo con Dios y termino con mi familia, amigos y conocidos, que a través de mi vida, de una u otra forma, me han rescatado. 

Todos somos Hope, todos somos un rescate.  El rescate de quien creyó en nosotros, el rescaté de quien nos concedió perdonarnos, el rescate de quien nos abrió la puerta, el rescate de quien nos dio una oportunidad, el rescate de quien nos amó, el rescate de quien nos sanó. 

Hopey no caminaba, aún tras la cirugía enfrentó dificultad para ello, pero con una buena dosis de amor y terapias y más amor, hoy no solo camina, sino que brinca, mi esposo la llama el delfín terrestre. Lo gracioso o curioso es que, de todos los nombres que le hemos dado, el último suena como “jopi” o “hoppie”, que en inglés es “saltarina”. El poder del amor, el poder de una visión y el poder de la palabra, eso me ha enseñado Hope. 

Y tú ¿te dejarás rescatar?

¿Miedo?

Leyendo, explorando, y sin estar buscando nada en particular o bueno… leyendo sobre como, ¿Por miedo? nos hemos ido aislando y ahora los protocolos nos exhortan a hacerlo aún  más (tras el surgimiento del nuevo Virus COVID-19), me topé con un escrito del que me surge una auto-validación, que a fin de cuentas, es la única importante. Todos tenemos miedo, unos a unas cosas otros a otras, pero en esencia la raíz de muchos de nuestros miedos pudieran encontrarse en estos que todos o quizas casi todos tenemos en común.
 
Nadie es mejor que nadie, nadie es peor que nadie, lo que nos hace mejor o peor es solo la habilidad que hayamos desarrollado para construir una capa, una careta o un disfraz que nos haga APARENTAR ser mejores. 
 
Soy creyente, aprendí en la misma Biblia a escudriñar, leer, buscar y descartar lo que no me funcione. En ete sentido, puedo no estar de acuerdo con absolutamente todo lo planteado en un escrito y aun así, encontrar mucho valor en partes de este. (A veces esperamos ver una congruencia absoluta  (por lo general, cónsona con nuestro pensar) en el contenido de lo que leemos o, en una persona y en sus creencias/postulados, para darle paso o validez a sus ideas. Podemos ser demasiado cuadrados y creo que ello limita nuestras perspectivas).
Comparto enlace al escrito al que hago referencia:
https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-02-26/terrores-universales-los-cinco-grandes-miedos-que-todos-compartimos_718067/

Lo que los temblores derrumban…

La mente es la cuna de nuestras acciones (todo lo que hacemos -o no hacemos- empieza en nuestros pensamientos). Trabajar de manera intencionada con la manera en la que pensamos y como miramos desde una perspectiva diferente lo que nos ocurre, incide en nuestra sensación de bienestar y calidad de vida.
Algo con lo que, en estos días, yo, igual que muchas personas a las que conozco, he luchado, es la incertidumbre.

He reflexionado en estos días en el asunto de la incertidumbre, como un aspecto ineludible de nuestra realidad humana.


Yo pienso que la naturaleza de muchas cosas es dual. La incertidumbre no es la excepción. La incertidumbre puede traer consigo dos cosas: desasosiego, pero también es precursor de ilusión. Lo que no conocemos, es lo que nos espera por conocer, lo que no sabemos es lo que nos espera por aprender, lo que no hemos vivido es lo que nos espera por vivir…
Nuestra sociedad moderna, de manera más evidente en occidente, promueve la idea de que es posible mantenerlo todo bajo control. Se nos exhorta a la búsqueda de soluciones rápidas. Lo real es que, nos guste o no, no tenemos la certeza de casi nada.

A manera de redirigir nuestros pensamientos, creo que entre todos los matices de aprendizaje que nos trae esta nueva experiencia de vida, uno de ellos es a fortalecer nuestra tolerancia, o nuestra capacidad de templanza ante la falta de certezas y de soluciones inmediatas.

Dos palabras vienen a mi mente en este tiempo en que hemos sufrido varios sismos, unos muy destructivos en nuestra amada isla, Puerto Rico: una es solidaridad, que es lo que más se ha visto a través de estos días y sensibilidad, el chocar, el encontrarnos frente a frente con nuestra fragilidad y vulnerabilidad, nos une, nos recuerda nuestra igualdad de una manera muy real y tangible y nos ayuda a derribar barreras impuestas o autoimpuestas. Aquello que antes sonaba utópico y que Fiel a La Vega plasmó en canción, hoy se hace real para nosotros:

“Las diferencias entre tú y yo
Son tan evidentes en papel
Pero el hambre, el amor, la fé y la sed
Siempre nos va a reconocer”

Hemos podido recordar nuestra esencia, y redescubrir que sin el caparazón que nos vamos construyendo a nuestro alrededor, somos exactamente iguales. Pienso que este terremoto que vino y muy tristemente derrumbó estructuras también ha venido a empezar a derrumbar estas barreras que nos separan, ha venido a ofrecernos otra oportunidad para sentir empatía y amor por quienes nos rodean.

En la Palabra de Dios hay muchas recetas para nuestra salud física, espiritual y mental. Hoy les comparto una de las recetas para la paz que mejor me funciona, está en el libro de Filipenses y dice así:

“No se preocupen por nada, en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y mente mientras vivan en Cristo Jesús”.

Una fina línea entre éxito y fracaso

En muchas ocasiones pensamos que las circunstancias o que otras personas nos convierten en víctimas y nos impiden alcanzar nuestras metas. Y es esta actitud lo que nos impide desarrollarnos y crecer. Hay una línea muy fina que separa el éxito del fracaso; y por ende, separa las grandes compañías de las ordinarias. Debajo de la línea encontramos las excusas, la falta de honestidad, el buscar culpables, la confusión, la actitud de desamparo o desesperanza: a esto le llamaremos el “juego de ser víctimas”.

Citando a una mentora de un empleo anterior: “Cuando no me considero responsable, me permito caer en un rol de víctima. Esto debilita nuestro carácter personal y organizacional, y entre otras cosas, diluye a los líderes en el esforzarse por proveer remedios temporeros en lugar de implementar soluciones a largo plazo, buscar logros instantáneos versus progreso futuro, evaluar procesos sobre resultados y ocasiona el que no reaccionemos cuando es requerido. Las actitudes de víctima pueden erosionar la productividad, competitividad, la moral y la confianza al punto de que la corrección se hace difícil y tan costosa que la organización encuentre gran dificultad para recuperarse”.

Una cultura orientada al éxito, que carece de los sistemas que lo apoyen, un incremento en la  complejidad de los procesos y la creación de metas de ejecución irreales puede tener como resultado el que la violación al estándar se vuelve el estándar. No hablamos necesariamente de incurrir en prácticas no éticas, sino de cambios constantes a los procedimientos establecidos, hacer cambios frecuentes a las prácticas de trabajo, en fin, permitir una falta de congruencia en los métodos que seguimos, ello porque el punto de enfoque está en el lugar equivocado.

Es importante también traer a la ecuación la variable de que los resultados no siempre serán los esperados, una falla entonces no necesariamente implica un fracaso. Nuestro nivel de tolerancia ante lo que percibimos como un error o una falla, será determinante a la hora de emprender y re-emprender nuevos caminos hacia el éxito.

Para lograr movernos fuera del juego de inculpar, o sea movernos hacia la responsabilidad, podemos caminar ciertos pasos:

·        Primero es necesario reconocer y admitir la realidad completa de la situación frente a nosotros. Este es el paso más difícil, el primer reto, ya que reconocemos el valor que requiere hacer introspección y aceptar que siempre podemos hacer más para lograr los resultados deseados.

·        El segundo paso implica aceptar la responsabilidad por las experiencias y realidades que todos creamos para nosotros y para otros. Con este paso, se pavimenta el camino hacia la acción.

·        El tercer paso conlleva cambiar la realidad, encontrando soluciones a los problemas, evitando la trampa de caer “bajo la línea (hacia el fracaso)” cuando surgen los inevitables obstáculos. Este paso requiere buscar también como alternativa soluciones SIMPLES y prácticas.

·        Y por último, el paso de hacer, de accionar, que conlleva reunir el compromiso interno y el valor para completar las soluciones/acciones identificadas, aún si en el proceso se nos presentan obstáculos (esperados e inesperados).

Algunas maneras de demostrar consistentemente nuestra habilidad para lograr resultados:

·        Al llevar a cabo un proyecto, evitemos la práctica de hacer responsables a otros, no esperemos pasivamente, por suplidores, vendedores, colegas o supervisores, sino reconozcamos nuestra responsabilidad y busquemos hacernos parte de la agenda de la persona o entidad de la que necesito atención/servicio/producto/etc.

·       La comunicación es esencial.  Confirmemos las instrucciones recibidas, y documentemos bien los acuerdos.

·        Desarrollemos una actitud de pensar y decir constantemente: ¿Qué hay que hacer? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo contribuir?

·        No seamos tímidos, es importante que hablemos, que expresemos nuestras ideas, todos somos valiosos.

·        Seamos cuidadosos con lo que decimos, practiquemos la asertividad, siempre siendo honestos como un principio no negociable.

¿Mi identidad?

Una reflexión sobre mi identidad… Dejé de buscarla afuera de mí, dejé de perseguirla cuando me di cuenta de que lo que me une a un grupo, me separa del otro. Que mi identidad no la define la afinidad que tengo con cierto grupo de personas, puesto que puedo tener un sinnúmero cosas en común con personas o grupos con las que en otros asuntos difiero totalmente.

Hace poco reflexionaba en que nuestra mente primitiva tiene como parte de su diseño aquello que apoya nuestra supervivencia. Y aprendí en un curso de “Mindfulness” con Yaisha que históricamente hemos vivido “en tribus” precisamente con este fin.
Que nuestra mente antes nos protegía mayormente de peligros que amenazaban nuestra vida y en este tiempo, nos protege mayormente de “peligros” que amenazan nuestro ego.

Internalizo la enseñanza como sigue…si no estamos conscientes, podemos responder defensivamente cuando nuestra mente envía señales incorrectas de que el que no es igual a mí, es mi enemigo. Lo que no me parece familiar o conocido, puede ser una amenaza.
Se ha hecho importante para mí el ganar conciencia de estas cosas para no caer en luchas que nos dividen, que nos separan, que nos hacen daño y con las que dañamos a otros.

¿Mi identidad? ¿A donde pertenezco? Dejé de perseguir encontrar ese lugar cuando vi entre mis hermanos y yo matices de diferencias aún en cosas medulares, esto a pesar de que “somos de la misma tribu”, la tribu más cercana a la que jamás podré aspirar a pertenecer, somos hijos de los mismos padres, ellos tienen mi sangre, mis apellidos, comparten mis raíces, y sin embargo en muchos temas pensamos muy diferente. Y a pesar de ello ¿Los amo? Siento que los amo más que a mi misma. Siento que los amo más que a cualquier ideal o cosa que defiendo. Los amo por sobre toda diferencia. Los amo.

Todos queremos y merecemos ser felices.

Al fin y al cabo, somos una sola tribu, la raza humana. Menos separación, más solidaridad, más amor.

(No lo escribo como quien ya domina la lección, sino como quien necesita recordarla a diario).

Mi amigo, el tiempo y yo.

Hace un tiempo estuve en un proceso de Coaching, con el mejor coach del mundo, Nelson Luquis. En la primera sesión, ¡rapidito!, me sentí exhortada a dar el primer paso para ver concretado uno de mis grandes sueños: el de tener un programa que permita la integración generacional (particularmente niños y jóvenes con adultos mayores). Es una idea que me apasiona, poder ofrecer una plataforma en la que diferentes generaciones se nutran una a la otra.

Y bueno, tan pronto sugirió que para antes de nuestra próxima sesión, debía haber completado ese primer paso, que en mi caso era darle un nombre al proyecto y redactar una primera propuesta de servicios, recordé a mi gran amigo, ‘el tiempo’.

Salí de la sesión contenta, entusiasmada y lista para lo próximo. De camino a casa, precisamente, me encontré con mi amigo ‘el tiempo’.

Yo: ¡Hola, tiempo qué bueno toparme contigo, querido amigo!

Tiempo: Lo mismo digo, oye hace ‘tiempo’ que no te detienes, siempre andas con prisa.

Yo: Sí, perdona, he estado algo ocupada. Oye, te cuento, he decidido emprender uno de mis sueños.

Tiempo: Cuéntame, ¿De qué se trata?

Yo: Pues mira, a ti precisamente, debo muchos de mis logros y experiencias, tiempo, así que te comparto esto con entusiasmo.

Tiempo: ¡Dime! ¡Tengo tiempo!

Yo: Esta semana debo redactar una propuesta para un proyecto de integración generacional.

Tiempo: ¿Esta semana? Pero, si me consta que hoy al salir de Guaynabo va para Bayamón que tienes compromiso con tu mamá. Mañana vas a la iglesia, al cine y luego a llevar al nene a San Juan. El lunes trabajas, en la tarde tienes compromiso, el martes trabajas, en la noche hay célula.  Tienes pendiente unas citas para ver algunas casas con tu esposo y una llamada con una de tus amigas. En el weekend hay que llevar a Suri a vacunar, hay que limpiar y sábado en la noche es el concierto de piano. ¿Con qué tiempo piensas hacerlo?

Yo: Caramba, tiempo, hace tiempo que me conoces, sabes que soy muy organizada.

Tiempo: No, si yo no dudo de tu organización, de lo que dudo es que tengas en tu organizada agenda, el espacio de tiempo para hacer esto que me cuentas.

Yo: Mira tiempo, yo agradezco tu preocupación pero… yo encontraré como hacerlo.

Tiempo: Perdona mi insistencia, pero creo que no podrás, como tantas otras veces, acabarás cancelando esto por tu agenda cargada y tu falta de tiempo Te lo digo porque te aprecio, mi amiga, te conozco hace tiempo.

Yo: Querido amigo, he aprendido que para lo que es prioridad, siempre encontraremos tiempo. Así que esta semana, dedicaré los espacios que sean necesarios que me he propuesto, y te cuento… hoy sábado dedicaré de 8:00 a 10:00 PM a esto, mañana domingo, tomaré el día libre, para Dios y mi familia. Cancelaré la cita del lunes, pues nada tiene que ver con mis sueños.  Invertiré de 8:00 a 10:00 PM el lunes también. El martes en la noche iré a la célula y el miércoles, igualmente de 8:00 a 10:00 PM, escribiré… me apasiona escribir, para ello tengo tiempo. El jueves iremos a ver algunas casas y otras el sábado, luego de vacunar a Suri Anne. Finalmente, el domingo, 11 de marzo, luego de la iglesia, terminaré de escribir.

Tiempo: Te deseo éxito, a través del tiempo, te he visto lograr otras metas. TE veré lograr esta también.

Yo: Gracias tiempo, siempre has sido uno de mis grandes amigos. Sé que en este tiempo, lo serás también. Te abrazo tiempo. Te bendigo tiempo. Te valoro tiempo.

 

Decidiendo dónde vivir…

Resido en la calle “el Presente”, de la urbanización “Aquí y Ahora”… con cierta frecuencia, ocurre que me distraigo y no llego a mi casa sino a otro lugar, comúnmente uno de nombre “el Pasado” y otro conocido como “el Futuro”.

Cuando llego a uno de estos lugares a veces los encuentro parecidos a mi residencia por lo que me quedo en ellos durante un tiempo.  Ocurre sin embargo que, en “el Pasado” la cama no es tan cómoda, así que suelo tener dificultad para descansar y conciliar el sueño. En “el Pasado” las cosas están organizadas de manera diferente, así que usualmente me pierdo, no veo claro hacia donde voy, me tropiezo y me golpeo. En “el Pasado” no puedo hacer nada, percibo que pierdo parte de mi alegría, de mi energía y hasta de mi creatividad. Luego de un tiempo allí, empiezo a sentir tristeza, que no es otra cosa que mi alarma, la manera en que mi GPS interno me deja saber que no estoy donde debo estar, sino que me he perdido y necesito redirigir mi ruta hacia mi hogar, “el Presente”.

Cuando salgo a pasear con alguna de mis perritas, me doy cuenta de que van oliendo, deteniéndose, disfrutando y conociendo el camino. Me han dicho los que saben que ellas hacen esto por si se perdieran, poder encontrar el camino de regreso a su casa.  Eso me recuerda que, en otros momentos,  me ha ocurrido que -metida en mis pensamientos – no presto atención al camino, a las flores, los olores, los árboles y es entonces cuando acabo en ese otro lugar al que también llego cuando ando perdida,  este se llama “el Futuro”.  En “el Futuro” me pasa algo parecido, allí nada puedo hacer, sino que suelo pensar de más, preocuparme, afanarme, mis pensamientos allí corren libres y por lo general no en la dirección que deseo… Unos son de sueños, ilusiones, posibilidades, otros son de ansiedad, de preocupación, caminan por allí por “el Futuro” preguntándome, pero ¿Qué tal si…? pero ¿y si?… y ¿si no sale como espero? ¿Cómo resuelvo? La verdad es que no me gusta cuando me pierdo y llego allí, siento que pierdo tiempo y energía y que mis pensamientos no son de paz. A veces, incluso empiezo a notar que mi corazón se agita, experimento angustia porque “el Futuro”, a diferencia de “el Presente”, es un lugar del que no tengo control, es un lugar en el que no puedo hacer nada. Es entonces, cuando se activa mi otro indicador, esa sensación de falta de bienestar que me dice que no estoy en casa, que no estoy en el lugar correcto. Decido entonces empezar a caminar e incluso a correr hacia mi casa en “el Presente”.

Cuando finalmente llego allí, la sensación es otra, en “el Presente” hallo calma, sosiego, escucho sonidos y voces a mi alrededor. Es allí donde viven mis amados, los veo y escucho, comparto con ellos. En “el Presente” duermo cómoda, disfruto y experimento gratitud. En “el Presente” soy muy creativa. En “el Presente”, donde he sido invitada a vivir, me siento a gusto, en paz, calmada, enérgica, optimista y feliz. En “el Presente” soy amorosa, presto atención, escucho, muestro empatía, creo, comparto, contribuyo. En “el Presente” la música suena diferente, percibo todos sus matices, los colores y olores son vívidos. Me siento en paz. En “el Presente” hablo con Dios sobre aquello que me produjo ansiedad o tristeza en mis visitas a “el Pasado” o al “el Futuro” y descanso, las dejo ir. Sabiendo lo que me corresponde retener y lo que me corresponde soltar, porque no pertenece aquí, sino que pertenece a ” el Pasado” o a “el Futuro”.

¿Cómo hago para no perderme? Aprendo de mis grandes maestras: Hago lo mismo que hacen mis perritas cuando paseamos. Vivo el instante.  Y…momento a momento, me hago consciente, observo, agradezco, capturo las esencias del paisaje, mantengo mi mirada en todo lo que tengo en “el Presente” y solo entonces no se me pierde el camino.

Escogí vivir en “el Presente”, ¿quieres ser mi vecin@?

Un paseo por Santurce… reflexionando sobre el cambio

Hace unos días me encontraba atendiendo unos asuntos en lo que para mí es uno de los lugares más pintorescos y bellos que tiene mi país, Santurce.  Recordaba, mientras transitaba la Parada 20, varios momentos significativos de mi niñez. Soy natural de Guaynabo, pero siento que también me crié en Santurce, pues allí residían mis abuelos maternos, con quienes pasé gran parte de mi vida mientras crecía.

Pasé precisamente frente a la que fue la casa de mis abuelos, buscando despertar algunos de mis recuerdos, bellos recuerdos. Reflexionaba, mirando a mi alrededor, me fijé en que habían algunas casas que permanecían intactas, por ejemplo la de mis abuelos (que por supuesto, ahora me parece algo más pequeña), la casa de una vecina que se llamaba Adela, también permanece igual. En el terreno de la primera casa que abuelo y abuela tuvieron allí, como a dos lotes de distancia, ya no hay casa, ahora es un estacionamiento, lo mismo ocurrió con la casa de otros vecinos de al frente. Por cierto, recuerdo los nombres de casi todos, wow! Doña Amelia, doña Carmen y don Paco (mis padrinos de bautismo), Amparo, Josefina, Doña Esmeralda, Sara y Wiso, Michelín, don Bartolo, Angelita; había un señor que pasaba por allí, le decían “Limber”y siempre saludaba a mami, gritaba desde la otra acera: “Milagritooooos”. Me sentía  tan segura allí. Caminaba junto con mis hermanos por todo aquello sin temor, íbamos a;  ‘el colmado’, a “casa de Guango”, a la farmacia San Rafael, ¡A comprar dulces!, allí nos atendía Virgina, siempre sonriente y, amable. La farmacia no solo está intacta sino que ha sido renovada. Mientras observaba …. reflexionaba: Todo esto me hablaba de cómo la vida cambia, de cómo ocurren los procesos evolutivos,  y como estos no son iguales para todos en un mismo lugar, todos cambiamos, pero no cambiamos de la misma forma, ni a la misma vez, y los cambios internos pueden o no ser evidentes en lo externo. Hay cosas en nosotros que se sostienen y mejoran a través del tiempo, mientras otras desaparecen o pasan a otro plano u otra dimensión.  Las cosas en nuestro entorno pueden mejorar o deteriorarse, no siempre tenemos control o injerencia en los cambios que ocurren a nuestro alrededor o incluso de los cambios en nuestras circunstancias personales. Pienso que todo esto nos recuerda que necesitamos entonces mantener una visión optimista y realista de lo que son los procesos de la vida. 

La farmacia remodelada me dice que algunos procesos nos llevan a cambiar, evolucionar o crecer donde mismo nos encontramos, independientemente de lo que esté ocurriendo a nuestro alrededor. Veo una antigua estructura totalmente rejuvenecida, cumpliendo todavía el mismo propósito que tenía cuando yo era niña. Percibo esto como algo real y tangible que también es aplicable a mi vida. ¿Estoy en un tiempo de cambiar totalmente mi propósito? ¿de dejar ir una estructura para convertirme en un espacio disponible? o ¿me toca crecer donde he sido plantada, darle vida nueva al mismo propósito que antes tuve?

Pueden haber alrededor de nosotros unos procesos de cambios, algunos aparentemente encaminados hacia un deterioro, pero si miramos bien, también veremos ‘un renacer’. Si nos detenemos a observar, en el contexto socio-económico,  han habido diferentes lugares u organizaciones que han desaparecido, y muchos de ellos han dado paso a algo nuevo. Algunos de nosotros hemos trabajado en lugares de empleo que desaparecieron, que cerraron y  cuya estructura pasó por un proceso de deterioro, y quizás luego la vimos renacer como algo nuevo y diferente.

Viene a mi memoria el cierre de la planta de manufactura donde conocí a mi esposo (en Cayey, Puerto Rico), proceso que a mí me llevó a tocar puertas en uno de los lugares más maravillosos en los que he trabajado en mi vida y, a mi esposo lo movió hacia un redescubrimiento de su propósito de vida (en ese entonces era especialista de Ambiente, Salud y Seguridad, hoy día es un maestro apasionado por su trabajo).

Dentro de un entorno, lugar o comunidad, podemos permanecer como la farmacia, si ese es nuestro llamado o propósito, permanecer, si ese es el proceso que nos toca.  No porque mi entorno haya cambiado o se haya deteriorado, me tiene que ocurrir lo mismo a mí.  A veces es necesario moverme y a veces, quedarme. Poder discernir es importante, para no sentirnos víctimas de lo que entendemos son circunstancias adversas. ¿Cuánta gente no ha descubierto su propósito precisamente en medio de circunstancias adversas? Algunos procesos, nos sacuden, nos quebrantan, para dar paso a el nuevo camino en el que vamos a transitar.

Lo que con frecuencia nos ocurre, es que la incertidumbre ante el cambio trae consigo una sensación de temor por lo desconocido. Y es normal, nuestro diseño incluye mecanismos de auto-protección. Lo que no sería saludable, es permitir que ese temor nos detenga, nos paralice, o que tomemos nuestras decisiones en función de este.

Es mi deseo que encaminemos con entusiasmo y fe cada etapa de la vida como un nuevo proyecto, cuyo propósito final no es otro que fomentar nuestro proceso de mejoramiento continuo.

El cambio es inevitable, la actitud con la que lo enfrentamos le da forma a nuestros resultados y a la sensación de paz y bienestar que merecemos experimentar.